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Celedonio García

Ha salido la Fiera. Sucesos en las rondas

Ha salido la Fiera. Sucesos en las rondas

 

La ronda (Manuel Yus Colás 1879) 

Publicado en el "Especial San Lorenzo" del Diario del Altoaragón, jueves 10 de agosto de 2000

 

 José Antonio AELL CASTÁN y Celedonio GARCÍA RODRÍGUEZ

 “Hijo, no salgas de casa,

 porque ha salido la fiera;

lo primero que ha cantado

la jota revolvedera”.

     Hace años, en casi todos los pueblos y villas, aldeas y lugares, había una “fiera”. Un hombre fuerte, rudo, insolente y matón, que mandaba en el mocerío, hacía de amo en la taberna y en la ronda y cobraba el barato en los corros de chapas. Así nos lo recuerda la bizarra jota, cantada por voces varoniles en las noches sin luna.   

     Las páginas de sucesos recogían aquellas trágicas escenas, fruto de promesas íntimas surgidas por viejas rencillas, por rivalidades políticas o de clase social, y alimentadas por la ignorancia y por la presión de las desigualdades. La Bullonera nos recordaba aquellas rondas valentonas y mostraba el carácter de la “fiera” en “Antología prohibida”: 

“Canta compañero canta;

canta, yo te ayudaré,

que una sola vida tengo

y por ti la perderé”.

     En Aragón no había pueblo que no contase en su historia con alguno de esos choques típicos entre las rivalidades de la bravía juventud, que dejaron jornadas sangrientas con luto y llanto perpetuo. 

“Con permiso o sin permiso

a la ronda por la calle,

que la ronda de los mozos

no la hace recular nadie.”    

     Santa Eulalia de Gállego vivió una de esas fechas trágicas en la noche del 6 al 7 de abril de 1907. Varios amigos de la localidad iban aquella noche de ronda; al pasar por la plaza, el alcalde D. Francisco Mola, acaudalado propietario y persona respetable, prohibió que siguiera la ronda. La reacción de los mozos fue contumaz, uno hizo dos tiros de pistola y otro le infirió dos cuchilladas en el vientre. El alcalde falleció a los pocos días a consecuencia de las graves heridas recibidas. 

“Cuando yo salgo a rondar

cuatro puertas tengo abiertas:

la cárcel y el hospital,

el cementerio y la audiencia”.     

     El 3 de diciembre de 1906 la tragedia brotó en Laguarres. Un grupo de mozos recorría las calles del lugar en ronda por la boda de la hija de un vecino, siguiendo una costumbre que perduraba sin decadencia.   

     Los mozos de Laguarres estaban divididos en dos bandas, a causa de antiguos resentimientos, capitaneadas por Joaquín Español y Matías Vigo, respectivamente. El bando de éste se encontró con el de Español en el puente a la salida del pueblo. Vigo, colocado al frente de los suyos, atajó el paso al otro bando, diciendo:   

     -¡Alto, por aquí no pasa un alma!-, y acompañando la acción a la palabra asestó un garrotazo en la cabeza al jefe del otro bando, a Español, entablándose una lucha cuerpo a cuerpo entre los individuos de una y otra partida.    

     Español recibió varios garrotazos y una cuchillada en el costado, quedando muerto en el lugar. La pelea se generalizó entre ambos bandos, resultando gravemente heridos Matías Vigo y José Oliva, y levemente Valero Bosque, Pedro Bosque, Antonio Barrales, Francisco Ferraz, Joaquín Montanuy y Antonio Español. La Benemérita detuvo a catorce individuos que formaban parte de los bandos.  

     En el fondo del río se recogió el cuchillo que causó la muerte de Joaquín Español. 

“Esta noche ha de llover,

esté raso o esté nublo,

han de llover buenos palos

en las costillas de algunos”.    

     Las historias de revueltas violentas entre bandos opuestos permanecían inapreciables para los extraños, pero la incitación permanente desembocaba, cuando menos se esperaba, con todo su más terrible apasionamiento.   

     Los motivos no eran siempre los odios de familia, ni la lucha de intereses; a veces, la política era tan solo un pretexto. La verdadera causa surgía de la incultura y de un sentido moral deplorable que distinguía “honrosamente” la fama y el nombre de “valiente”.    

     Algunos “valientes” también se enmascaraban en la ronda, al amparo de la cuadrilla. Uno de los típicos enfrentamientos entre rondas se desencadenó en Zuera el 19 de agosto de 1904. El detonante fue la siguiente copla: 

“Salir mocitos, salir

a la puerta del portal

y veráis que gusto tiene

la punta de mi puñal”.    

     Todo comenzó al cruzarse dos rondas que recorrían las calles de Zuera, pidiéndose explicaciones por la citada copla. En un primer momento quedaron conformes, continuando todos juntos la ronda.   

     Después se separaron y se volvieron a juntar en la plaza del pueblo, ya sin guitarras, reproduciéndose la cuestión. Un mozo dio una bofetada a otro; al intervenir un tercero para separarles, éste recibió un golpe que le soltó un cuarto mozo. El mozo que intentaba separarles, tras recibir el golpe, empuñó una navaja provocando una herida al que le había golpeado, dejándolo muerto. 

“Métete niña en la casa

porque ha salido la fiera;

lo primero que ha cantado

la jota revolvedera”.    

     Los ejemplos que presentamos son ilustrativos de las diferentes causas que motivaron los sucesos en las rondas. A finales del año 1892, ocurrió otro incidente en la localidad zaragozana de Moros. Iba el mozo Pedro Lozano, de 20 años, tocando la guitarra por las calles, y se paró frente a la puerta de otro joven de 17 años, Manuel Sebastián, cantando una copla que éste consideró ofensiva.   

     Sebastián, enemistado por resentimientos con Lozano, bajó a la calle encarándose con el de la guitarra; de las palabras pasaron a los hechos, infiriendo Sebastián una tremenda cuchillada a Lozano, causándole la muerte.    

     Sebastián había salido recientemente de la cárcel por las heridas causadas a otro vecino de Moros. 

“Esta noche ha de rondar

el guitarro borrasquero;

el que lo quiera romper

que se confiese primero”.    

     También tuvo fatales consecuencias otra ronda de mozos en cuadrilla, a primeros de enero de 19102, en la población de Jarque. Varios jóvenes rondaban las calles con coplas intencionadas, denominadas “de picadillo”. El padre de uno de los rondadores se acercó a los mozos, advirtiéndoles que podía divertirse sin ofender a nadie. Estas recomendaciones fueron contestadas con insultos. El vecino en cuestión dio cuenta al alcalde de lo sucedido, circunstancia que incomodó a los rondadores, que la emprendieron con el hijo rompiéndole una guitarra en la cabeza.    

     Alarmado por los gritos del apaleado volvió el padre, pero antes de acercarse al grupo recibió una certera pedrada en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido, y una vez en el suelo fue agredido bárbaramente, recibiendo tres cuchilladas y otros golpes en la cabeza.   

     La noche del 17 de septiembre de 1906, la desgracia la promovió Vicente Sebastián, yendo de ronda con varios amigos. Los mozos iban cantando algunas coplas insultantes, y al pasar por delante de un café, donde estaban reunidos varios concejales, éstos salieron invitando a los rondadores a que no siguieran cantando coplas de esa índole. Vicente Sebastián respondió descargando varios tiros sobre el edil Francisco Ramón Salas, que falleció casi instantáneamente. El autor fue condenado a cadena perpetua.   

     Hechos similares, caldeados con abundantes tragos de bebidas alcohólicas, ocurrieron en Santa Cruz de Grío (21 de enero de 1904), en Carenas (27 de agosto de 1906) y en otros muchos lugares.   

     Todas las fieras aldeanas solían tener el mismo fin. Unas veces se juntaban los oprimidos para coserla a puñaladas; otras, algún incógnito vengador la tumbaba de un certero trabucazo. Pero el desenlace más habitual lo desencadenaba el más apocado del lugar, obedeciendo al imperativo del miedo. También nos recuerda el hecho otra copla, evocadora de la jota que se cantaba en las noches sin luna: 

“Ninguno cante la fiera,

que la fiera ya murió:

Al volver de una esquina

un cualquiera la mató”.

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